viernes, 3 de septiembre de 2010

Una de Dehesa

Hace un par de meses; más o menos, tuve la suerte de encontrarme con un texto de Germán Dehesa en el más famoso periódico Oaxaqueño. Intentando evitar lo efímero del mismo, mandé un correo electrónico al autor, felicitándolo, y pidiéndole como favor su texto en forma electrónica. Ante mi sorpresa, él respondió casi inmediatamente, agradeciendo los parabienes e incluyendo un maravilloso discurso que aquí os comparto.
Descanse en paz Germán Dehesa. Occiso a causa de cancer el día de ayer en la Ciudad de México.

LA HORA SACRAMENTAL.

La tarde está a punto de derramar sus vinajeras. Es sábado, son las cinco de la tarde, la ciudad se percibe sosegada y la inminencia de la lluvia no asusta, ni apresura a nadie. Después de varios meses de ajetreo médico y su correspondiente cansancio, este sábado me gustó para “salir a dar la vuelta” que es un ritual mexicano que cumple exactamente con lo que su nombre promete. No se trata de salir a comprar nada; tampoco existe la intención de visitar a nadie; muchas veces, como sabiamente puntualiza la Rosachiva (recién goleada por los pamperos), ni siquiera es necesario bajarse del coche para que se cumpla el ritual de “dar la vuelta”. Tengo la impresión de que la Ciudad de México pronto nos negará este solaz y esta vacación. Dar la vuelta implica avanzar a muy lenta velocidad, frenar con cierta regularidad y a establecer con otros viandantes y transeúntes conversaciones quizá breves, pero cálidas y sustanciosas. Nada más lejano a mis intenciones que pretender hacer gala de que yo sé hacerlo todo y hacerlo bien. No hay tal; pero es mi obligación reconocer que soy quizá uno de los diez expertos capitalinos en el galano arte de dar la vuelta. Si llegara Tere Vale a preguntarme ¿por qué soy tan ducho para dar la vuelta?, yo tendría que contarle que soy de estirpe jarocha, que eso trajo aparejado una marcada e irrenunciable vocación de metichería. Desde mi infancia poseía a la literatura para todo lo que fueran viajes largos y aventurados y poseía a mi papá a quien le encantaba salir a dar la vuelta, para todo lo que fueran los trayectos breves que pueden resultar inmensamente aleccionadores siempre y cuando el sujeto de la vuelta sea perceptivo, tenga oído fino, buen olfato y mirada aguda. Con el ejercicio de estas sencillas virtudes, una vueltecita puede resultar mucho más iluminadora y enriquecedora que lo que pueda obtener un nako feliz que hiciera un viaje por Tasmania. Sabedor de esto, el sábado pasado experimenté el enorme gusto de volver a sentir el íntimo deseo de dar una vuelta.
De hecho, lo primero que me movió a abandonar mi sagrado retiro fue acudir a una de las múltiples salas artísticas que hay en CU para ver y escuchar a mi amigo Toño López que ofrecía un concierto con su Terceto de Guitarras.
CU estaba pletórica de paseantes bonachones y con mirada inteligente. La mayoría iba con la intención de asistir, como era el caso mío y de la Rubia Misteriosa, a alguna actividad artística y/o cultural, aunque otra buena parte iba con la también muy noble intención de tirar baba. Esta segunda opción terminó siendo la nuestra porque los boletos para oír a mi cuate estaban agotados. Esto resultó una feliz coyuntura que me permitió ponerme al día acerca de todas las novedades arquitectónicas de CU, mi más íntima casa. Todo transcurrió con gran comedimiento: la lluvia nunca se hizo presente, me encontré con muchas parejas que se interesaron por mi tornadiza salud y el aire era suave, de pausados giros y se me ocurrió que si algún día contemplan la edificación de un cielo para los académicos, esta nueva ala de CU sería un modelo perfecto.
De regreso en mi casa me esmeré en mantener el sosiego de mi espíritu, pero al día siguiente llegaron los argentinos y todo se derrumbó.

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