A sus espaldas, tan cerca de su oreja que sólo ella pudo escucharla en el tumulto, había oído la voz:
-Este no es un buen lugar para una diosa coronada.
Ella volvió la cabeza y vio a dos palmos de sus ojos los otros ojos glaciales, el
rostro lívido, los labios petrificados de miedo, tal como los había visto en el tumulto de la
misa del gallo la primera vez que él estuvo tan cerca de ella, pero a diferencia de
entonces no sintió la conmoción del amor sino el abismo del desencanto. En un instante
se le reveló completa la magnitud de su propio engaño, y se preguntó aterrada cómo
había podido incubar durante tanto tiempo y con tanta sevicia semejante quimera en el
corazón. Apenas alcanzó a pensar: “¡Dios mío, pobre hombre!”. Florentino Ariza sonrió,
trató de decir algo, trató de seguirla, pero ella lo borró de su vida con un gesto de la
mano.
-No, por favor -le dijo-. Olvídelo.
Esa tarde, mientras su padre dormía la siesta, le mandó con Gala Placidia una
carta de dos líneas: Hoy, al verlo, me di cuenta que lo nuestro no es más que una
ilusión.
Fragmento de la obra maestra de Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
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